Del libro: “El cerebro se cambia a sí mismo" de Norman Doidge.
Pedro Bach-y-Rita de 65 años, poeta y académico catalán, en 1959 sufrió un ataque que le paralizó el rostro y la mitad de su cuerpo además de privarle de la facultad de hablar. George, uno de sus hijos, fue informado de que no había esperanzas de que su padre se recuperara y que debería ingresarlo en una residencia. En lugar de ello George, entonces estudiante de Medicina en México, se llevó a su padre paralizado desde Nueva York a vivir con él en México.
Primero probó con rehabilitación en el Hospital Británico Americano, que ofrecía únicamente un programa de cuatro semanas de duración, ya que nadie pensaba que el cerebro pudiera beneficiarse de un tratamiento prolongado. Pasadas tres semanas, el padre no había mejorado lo más mínimo. Seguía sin valerse por sí mismo y había que llevarlo en brazos al cuarto de baño y a ducharlo, tareas que George hacía con ayuda de su jardinero. “Afortunadamente era un hombre menudo, de 53 kilos, por lo que podíamos con él», cuenta George.
George no sabía nada de rehabilitación, pero su ignorancia resultó a la larga ser una bendición, porque consiguió romper todas las reglas establecidas inducidas por teorías fatalistas. “Decidí que en lugar de enseñar a mi padre a caminar, primero iba a enseñarle a gatear. Así que le dije: “Empezaste gateando, así que vas a tener que volver a hacerlo durante un tiempo.” Le compramos rodilleras. Al principio lo pusimos a gatas, pero sus manos y sus piernas no le sostenían bien, así que fue un poco duro”.
En cuanto Pedro fue capaz de sostenerse solo, George le hizo gatear con el hombro y el brazo paralizados apoyados a la pared. “Así estuvimos durante meses e incluso practicábamos en el jardín, lo que nos trajo problemas con los vecinos, que nos decían que no estaba bien eso de hacer arrastrarse al profesor por el suelo como si fuera un perro. Mi único modelo era la manera en que los bebés aprenden a caminar, así que jugábamos en el suelo, yo hacía rodar canicas y él tenía que atraparlas. O tirábamos monedas y él tenía que intentar cogerlas con la mano derecha, la más débil. Todo lo que intentábamos implicaba transformar experiencias de la vida cotidiana en ejercicios. Nos marcábamos distintos objetivos, cada uno solapándose con el anterior, y poco a poco fue mejorando. Pasado un tiempo él mismo ayudaba a definir los objetivos. Quería llegar a poder sentarse a la mesa y comer conmigo y con otros estudiantes de Medicina”.

Dedicaba a los ejercicios muchas horas del día y, gradualmente, Pedro pasó de gatear a desplazarse de rodillas, después a ponerse de pie, y finalmente a caminar.
Pedro luchaba a solas por intentar hablar, y transcurridos tres meses el habla empezó a mostrar indicios de estar volviendo. Después de unos meses quiso probar a volver a escribir. Se sentaba frente a la máquina de escribir con el dedo mayor apoyado en la tecla que deseaba pulsar y después se ayudaba dejando caer el brazo. Una vez que lo consiguió pasó a dejar caer sólo la muñeca y, con el tiempo, los dedos, uno a uno. Transcurrido cierto tiempo volvió a escribir con normalidad.
Al cabo de un año la recuperación de Pedro, entonces de 68 años, era suficiente como para que comenzara a dar clases a tiempo completo en el City College de Nueva York. Le encantaba su trabajo y no se jubiló hasta cumplidos los 70. Entonces aceptó un nuevo trabajo de profesor en San Francisco, se volvió a casar y continuó trabajando, practicando senderismo y viajando. Después de su derrame permaneció activo siete años.
Cuando se encontraba visitando a unos amigos en Bogotá, se fue de escalada y sufrió un nuevo derrame, a 2.700 metros de altura, y murió poco después, a los 72 años.
En el año 1965, antes de que existiera el escáner cerebral, las autopsias eran un procedimiento rutinario, porque eran la única forma que los médicos tenían de aprender sobre enfermedades cerebrales y de averiguar la causa de la muerte de los pacientes. Su hijo Paul solicitó a la doctora Mary Jane Aguilar que realizara la autopsia de su padre.
“Las diapositivas mostraban que mi padre había sufrido una enorme lesión con su primer derrame cerebral y que nunca se había curado, aunque recuperó todas esas funciones.” La lesión de siete años de antigüedad de su padre estaba principalmente localizada en el tronco encefálico —la parte del cerebro más cercana a la espina dorsal— y que los otros grandes centros neurológicos de la corteza encargados de controlar el movimiento habían resultado también destruidos. El 97 por ciento de los nervios que van desde la corteza cerebral a la espina dorsal estaban destrozados, unos daños catastróficos que habían causado la parálisis a su padre.
“Sabía que, de alguna manera, su cerebro se había reorganizado completamente gracias al trabajo con George. No supimos hasta qué punto su recuperación había sido asombrosa hasta ese momento, porque no conocíamos el alcance de su lesión, puesto que en esos días no existía el escáner cerebral. Cuando un paciente se recuperaba asumíamos que la lesión no había sido muy grande.
La historia de su padre era un indicio de primera mano de que una recuperación “tardía” es posible incluso con una lesión de gran alcance y en personas de edad avanzada.