"Ella bailará en su boda": Sanando a la niña que nació sin parte de su cerebro.
Del libro: “The Brain’s Way of Healing: Remarkable Discoveries and Recoveries from the Frontiers of Neuroplasticity” - Autor: Norman Doidge.
El enfoque Feldenkrais puede cambiar radicalmente la vida de personas que nacen sin partes importantes del cerebro, facilitando la diferenciación en las áreas restantes del cerebro. Elizabeth, a quien entrevisté, nació sin una tercera parte del cerebelo, una parte del cerebro que ayuda a coordinar y controlar el tiempo del movimiento, el pensamiento, el equilibrio y la atención. Sin el cerebelo una persona tiene dificultades para controlar todas éstas funciones mentales. El cerebelo, que en latín significa “cerebro pequeño”, es aproximadamente del tamaño de un durazno y se esconde debajo de los hemisferios cerebrales, hacia la parte posterior del cerebro. A pesar de que ocupa sólo alrededor del 10% del volumen del cerebro, contiene casi el 80% de las neuronas del cerebro. El nombre técnico para la condición de Elizabeth es “hipoplasia cerebelosa” y no se conocía ningún tratamiento que pudiese cambiar el curso de la enfermedad.
Cuando Elizabeth estaba en el vientre, su madre sintió que podía haber un problema, porque Elizabeth se movía poco. Cuando Elizabeth nació, no movía los ojos, únicamente parpadeaban y no estaban correctamente alineados. Al mes, raramente seguían un objeto. Sus padres estaban asustados por el hecho que quizás ella no pudiese ver normalmente. Cuando creció, se hizo evidente que tenía un problema en el tono muscular. A veces era muy floja, lo que indicaba un tono muscular débil, otras veces la tensión era excesiva y sus movimientos eran espásticos, sin presentar movimientos voluntarios y de exploración. Ella recibió tratamientos tradicionales de fisioterapia y terapia ocupacional, pero los tratamientos eran muy dolorosos para ella.
Cuando Elizabeth tuvo cuatro meses, el director neurológico pediátrico del principal centro médico le realizó una prueba de la actividad eléctrica de su cerebro. Les dijo a sus padres que “su cerebro no se desarrollaba desde el nacimiento y que no había ninguna razón para pensar que pudiera desarrollarse en el futuro.” La mayoría de estos niños muestran déficits persistentes y se creía que el cerebelo tenía una plasticidad limitada. El médico también les dijo que la condición de Elizabeth era similar a la de parálisis cerebral y él predecía que ella nunca sería capaz de sentarse, sería incontinente y que debían internarla en una institución. Su madre, cuando la entrevisté, recordó que él dijo: “Lo mejor que podemos esperar es que se trate de una condición de profundo retraso.” Los médicos de Elizabeth estaban describiendo la experiencia que habían tenido con niños con similares diagnósticos, que habían recibido tratamientos convencionales, los únicos que ellos conocían.
A pesar de todo, sus padres continuaron buscando ayuda. Un día, un amigo, un cirujano ortopédico que estaba al tanto del trabajo de Feldenkrais, les dijo: “Este hombre puede hacer cosas que nadie más puede hacer.” Cuando se enteraron que Feldenkrais venía de Israel a una ciudad cercana a ellos para entrenar personas en su método- una de sus principales actividades en los años 70 – pidieron una cita.
Cuando Feldenkrais conoció a Elizabeth por primera vez, tenía 13 meses de edad y era incapaz de gatear o arrastrarse. (Arrastrarse precede al gateo y significa avanzar con el vientre). Ella era capaz de realizar sólo un movimiento voluntario: rodar sobre un lado. En su primera clase de integración funcional, donde la evaluó, ella no podía dejar de llorar. La niña había tenido numerosas sesiones con terapeutas que trataban de conseguir que hiciese cosas para las que no estaba preparada. Por ejemplo, muchos terapeutas habían insistido en tratar de mantenerla sentada, sin conseguirlo. Si los cuerpos de los niños son espásticos, estos movimientos son muy dolorosos para ellos, por eso lloran.
Desde el punto de vista de Feldenkrais, estos intentos de saltarse etapas del desarrollo son un grave error, ya que nadie ha aprendido a caminar caminando. Se necesitan desarrollar otras habilidades para que un niño sea capaz de caminar. Capacidades de las cuales un adulto no piensa y que no recuerda haber aprendido, como la capacidad de arquear la espalda y levantar la cabeza. Sólo cuando todas las piezas están en su lugar, un niño puede aprender a caminar de forma espontánea. Feldenkrais se dio cuenta que Elizabeth no podía estar cómodamente acostada sobre su estómago y que cuando estaba sobre su estómago no podía levantar la cabeza.
Él observó que su lado izquierdo se encontraba en un estado de completo espasmo, endureciendo sus extremidades. Su cuello estaba muy rígido, causándole dolor. El hecho que todo el lado izquierdo de Elizabeth era espástico, indicaba que su mapa del cerebro del lado izquierdo era indiferenciado, en lugar de estar compuesto por centenares de áreas para procesar diferentes tipos de movimiento.
Feldenkrais la tocó, con gran delicadeza, en el tendón de Aquiles, y para ella fue un tormento tal, que él supo que la primera cosa para hacer era resolver ese dolor: debería resolver eso porque de otra manera su cerebro no estaría en condiciones para poder aprender.
“Después que Moshé la examinó”, recuerda su padre, me dijo, “La niña tiene un problema y yo puedo ayudarla.” Parecía seguro. Mi esposa le pidió que se explicara y él tomó el pie de nuestra hija en el tobillo y comenzó a doblarlo hacia atrás, luego tomó mi dedo y dijo: “Toca esto”, entonces yo pude sentir el nudo del músculo, y dijo “Ella no puede gatear porque tiene dolor al doblar la pierna. Si suavizamos este punto, verás que puede doblar la pierna. Y cuando hagamos esto – suavizar los músculos – todo su comportamiento cambiará “. Pero su técnica no masajeaba la parte del cuerpo tenso, en su lugar, moviendo su cuerpo muy lentamente y con cuidado, de manera que ella pudiera sentir, él fue capaz de enviar señales a su cerebro, para que éste deje de mandar señales a los músculos para que se contraigan. El físico se volvió sanador, había descubierto la manera de utilizar el movimiento y la conciencia para apagar un interruptor en su cerebro. Y lo que ocurrió, como él lo explicó, un día o dos después de eso, ella se estaba arrastrando. Pronto ella estaría gateando.
La siguiente vez que Feldenkrais vio a Elizabeth, fue con una de sus jóvenes alumnas, Anat Baniel. Feldenkrais le preguntó a Baniel si ella podía sostener a Elizabeth durante la clase. Él la tocaba suavemente para enseñarle a diferenciar movimientos muy simples. Elizabeth estaba intrigada, atenta y feliz.
Feldenkrais delicadamente sostenía su cabeza y la empujaba hacía arriba y hacia adelante muy lenta y suavemente para estirar su columna. Por lo general, él encontraba que este movimiento provocaba un arco natural en la espalda haciendo girar la pelvis hacia delante – una reacción que ocurre normalmente cuando una persona está de pie. Frecuentemente, cuando se trabaja con niños con parálisis cerebral y otros que no pueden caminar, a menudo se utiliza esta técnica para que la pelvis participe y para hacerla girar reflexivamente. Pero cuando trató con Elizabeth, Baniel no sintió ningún movimiento. La pelvis de la niña estaba inerte en el regazo de Baniel. Entonces, Baniel decidió que mientras Feldenkrais movía su cabeza hacia adelante, ella haría girar suavemente la pelvis de Elizabeth.
De pronto hubo un movimiento en la columna y en el cuerpo espástico, cerrado e inerte de Elizabeth. Ellos continuaron moviendo suavemente su columna varias veces. Entonces, probaron sutiles variaciones del movimiento.



Al final de la sesión, Baniel llevó a Elizabeth a su padre. Por lo general, una vez en los brazos de su padre, la niña se hundía en él, no teniendo la capacidad de controlar su cabeza. Pero esta vez ella arqueó la espalda, llevo hacia atrás su cabeza y luego se adelantó varias veces, colocándose delante del padre. Los movimientos sutiles que Feldenkrais y Baniel habían hecho, habían despertado la idea de estos movimientos en el cerebro de Elizabeth, donde se establecieron. Ahora Elizabeth era capaz de mover los grandes músculos de la columna vertebral y la espalda de forma voluntaria, con un sentido de placer.
Todavía había mucho de qué preocuparse: Elizabeth estaba profundamente discapacitada y llevaba la carga de un diagnóstico terrible. Feldenkrais podía ver que sus padres estaban preocupados por su futuro. En general, en estos casos él no decía muchas palabras. Pero Feldenkrais no juzgaba el cerebro de un niño por la etapa de desarrollo en la que el niño se encontraba, sino por la posibilidad de aprendizaje cuando se le dan los estímulos adecuados para esa etapa y en ese momento: “Es una niña inteligente”, dijo, “Ella bailará en su boda.”
Feldenkrais regresó a Israel. En los años posteriores los padres de la Elizabeth, heroicamente y sin descanso hicieron, y aguantaron, lo que fuera necesario para conseguir que Elizabeth lo vea. La llevaban a una habitación de hotel cuando él se encontraba en los Estados Unidos o en Canadá y fueron a Israel tres veces para encuentros diarios en el estudio de Feldenkrais, de dos a cuatro semanas consecutivas. En medio de estas visitas intensivas, Elizabeth consolidaba sus ganancias con las actividades cotidianas.
Cuando Feldenkrais cumplió setenta y siete años, cayó enfermo mientras se encontraba en un pueblo suizo. Perdió el conocimiento y los médicos descubrieron que tenía una hemorragia cerebral. Un escape lento de sangre se había acumulado en la duramadre (la capa de tejido conjuntivo que rodea el cerebro) y en el cerebro mismo, ejerciendo presión sobre ella, poniendo en peligro la misma. Desafortunadamente el único neurocirujano en la ciudad viajaba ese fin de semana, por lo que la cirugía para aliviar la presión causada por su "hemorragia subdural" se retrasó.
Los colegas de Feldenkrais concluyeron que sus muchas lesiones de todos los lanzamientos, las caídas y contusiones en el judo le habían hecho vulnerables a la hemorragia subdural. Se recuperó en Francia, pero tal vez porque la cirugía se retrasó, sufrió algún daño cerebral. Pero pronto una vez más él estaba dando lo que llamó, a sus clases de uno a uno, clases de "integración funcional". Y sintiendo que su tiempo era limitado, continuó enseñando tanto como pudo, con la esperanza de transmitir sus últimos descubrimientos.
De vuelta en Israel, tuvo un derrame cerebral, que afectó su habla. Sus estudiantes dieron sus clases diarias de integración funcionales. Ahora en sus largos setenta y enfermo, derivaba más y más a los niños que acudían a él para Anat Baniel. Baniel tomó gradualmente el cuidado de Elizabeth, volando por períodos de tres semanas, dándole sus clases diarias. Elizabeth la vio a Baniel de manera intermitente durante años, y su progreso se aceleró.
Elizabeth está ahora en sus treinta años y tiene dos graduaciones. Es pequeña y tiene una voz dulce. Camina y se mueve con tal facilidad que es imposible para un observador pensar que un día se le diagnosticó la inmovilidad de por vida en una institución, por sufrir retraso mental severo. “Moshé”, me contó Elizabeth, “le dijo a mi padre que cuando yo tuviese 18 años, nadie podría imaginar lo que me pasó.” Ella recuerda pequeños flashes de visitas a Israel, “Me acuerdo de Moshé, con su pelo blanco, la camisa azul y el humo que había en la habitación” - Feldenkrais fumaba durante las clases – “y que me susurraba al oído para calmarme”.
Sus dos graduaciones son de dos importantes universidades: un título de maestría en Estudios judíos del Medio Oriente y una master en trabajo social. Hasta hoy tiene ligeros síntomas de su hipoplasia cerebelosa: tiene un poco de confusión con los números y las matemáticas y ciencias son difíciles para ella. Pero por otro lado le gusta estudiar y es una lectora voraz – Shakespeare, Tolstoi y muchos clásicos. Hoy es la jefa de un pequeño negocio y está felizmente casada.
Y, sí, ella bailó en su boda.
Anat Baniel en clases con Elizabeth