Aumentando la consciencia de nuestras acciones

Como padres, desde que nuestros hijos nacen usamos todos nuestros recursos para darles todo lo que necesitan, darles de comer, bañarlos, mantenerlos abrigados a la temperatura adecuada, hacerlos dormir, cambiarlos, hacerles upa, trasladarlos, entre miles de cosas más, y obviamente darles todo nuestra atención y amor.
De manera natural cuando los niños crecen van adquiriendo mayor cantidad de habilidades, y poco a poco aumenta el protagonismo de ellos y disminuye el nuestro en este punto de “realizar” actividades. Caminan, comen solos, toman agua, se visten, van al baño, etc.
Niños a partir de los 2 años aproximadamente tienen su palabra favorita en “YO”, yo solito, yo lo hago, yo quiero, yo puedo, yo, yo, yo, yo, yo, yo. Podríamos decir que ellos nos ponen límites a nosotros, y en la mayoría de los casos, son ellos los que nos muestran cuando están listos para dar el siguiente paso solitos.
Cuando los niños tienen alguna dificultad o cualquier tipo de diagnóstico, sea cual sea el desafío existente, en la mayoría de los casos esto no sucede. Este “límite natural” que los niños nos ponen a los padres no aparece, y los padres seguimos asistiendo a nuestros hijos en miles de actividades porque este siempre fue nuestro rol, porque creemos que así ayudamos a nuestro hijo, porque pensamos que esto es lo mejor, y a veces simplemente porque no nos damos el tiempo de observar y pensar de otra manera.

Esta “ayuda” o asistencia podemos observarla de varias maneras, por un lado en las actividades clásicas de los chicos, vestirlos, bañarlos, darles de comer, darles de tomar, ayudarlos a sentarse, a pararse, a acostarse, ponerle la cuchara en la mano, etc., esto en niños de 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, …16 años, dependiendo de cada caso. Por otro lado, esta ayuda también aparece en forma más sutiles pero con la misma implicancia, acercarles un objeto que quieren alcanzar, correrles un almohadón que está en el piso para que ellos pasen, bajarlos de la silla, darles las respuestas a las preguntas que otros les hacen o incluso que nosotros mismos les hacemos, terminar una frase que ellos empezaron, irles a buscar todo lo que ellos quieren, adelantarnos y abrirles la puerta, cerrar la puerta, decirles que hacer en cada momento, “ponete las medias, después las zapatillas, después la campera”, etc.
Desde ya que no estamos poniendo en duda, ni por un segundo, que los padres hacemos esto desde el amor, en busca de ayudar a nuestros hijos, de hacer lo mejor para ellos, porque somos sus padres, y esto es, lo que los padres hacen, porque nadie nos enseña qué hacer como padres y mucho menos cuando nuestros hijos tienen algún desafío importante en su vida.
Ahora, cuando estás “ayudas” están presentes todo el tiempo, e incluso muchas veces se transforman en automático, es decir lo hacemos sin pensar ni poner atención en lo hacemos, esto puede producir dos consecuencias en nuestros hijos que definitivamente no son lo que estamos buscando.

Primera consecuencia. Nuestros hijos se pierden una valiosa oportunidad de aprender algo.
El aprendizaje es un proceso, nadie pasa de no saber ponerse la remera, a saber ponerse la remera en el instante siguiente. Ponerse la remera implica un proceso de aprendizaje, que requiere tiempo y experimentar ponerse la remera muchas veces, sentir el peso de la tela en la mano, como agarrar la remera, por donde pasa la cabeza, diferentes movimientos, etc, etc., y esto pasa en todo proceso de aprendizaje. El tiempo que requiere cualquier proceso de aprendizaje, es único de cada individuo, nosotros como padres podemos darles la oportunidad a nuestros hijos de empezar a experimentarlo.
Cuando corremos un almohadón que está en el piso para que nuestro hijo pase, le quitamos la oportunidad de que él resuelva esa situación, él tiene que correrlo, o esquivarlo, o pisarlo o … lo que sea que decida hacer, algo tan simple puede implicar un trabajo cerebral enorme para nuestro hijo, y eso es una oportunidad que podemos darle e incluso buscar y potenciar.
Cuando respondemos una pregunta por él, le quitamos la oportunidad de pensar, de decidir, de elegir y responder, muchas veces hacemos esto sólo por no tomarnos el tiempo y darles el espacio que necesitan para hacerlo.

Segunda consecuencia. Nuestros hijos están formando una imagen de ellos mismos. Lo que pueden hacer, sus potencialidades, quiénes son, qué quieren, qué desean. Esto sucede todo el tiempo. Todos tenemos una imagen propia formada a través de los años que, a su vez, se va modificando en base a lo que vamos viviendo. Muchas veces, cuando los niños tienen algún tipo de diagnóstico la mirada del otro hacia ellos cambia, incluso nuestra mirada como padres cambia. Muchas veces tenemos una gran habilidad para observar las limitaciones, para ver todo lo que no pueden hacer, todas las dificultades que tienen nuestros hijos, y sin darnos cuenta, amplificamos cualquier limitación que este diagnóstico pueda traer. Y la mayor implicancia de esto, es que ellos empiezan a verse a ellos mismos con estas limitaciones.
En base a lo que experimentan, ellos empiezan a creer que “no pueden ponerse la remera” o que “no pueden contestar una pregunta” porque siempre otros lo hacen por ellos.
Ellos empiezan a formar una imagen de sí mismos de limitación, muchas veces las limitaciones de nuestros hijos son reales, pero muchas veces, estas limitaciones están amplificadas e incluso a veces creadas por nosotros, que en realidad buscamos ayudarlos.
Sin juzgar lo que hacemos o hicimos, sino pensando como crecer nosotros, y como ayudar a nuestros hijos a crecer, podemos empezar a tener en cuenta ciertas variables que potencien el aprendizaje para nuestros hijos y que esa sea la ayuda que les brindemos.

Estas son algunas ideas, seguramente ustedes tendrán muchas más:

SALIR DEL AUTOMÁTICO Y OBSERVAR. Como punto de partida, si nosotros estamos en automático y hacemos las cosas como rutina, vestirlos, darles de comer, llevarlos al auto, etc, no es mucho lo que podemos hacer. Brindarle oportunidades de aprendizaje a nuestro hijo, implica un gran nivel de atención de nuestra parte. En la rutina diaria hay millones de situaciones en las que podemos abrir una oportunidad.
Como dijimos antes, el aprendizaje de cualquier habilidad es un proceso, si siempre le pusimos la remera a nuestro hijo, es poco probable que le demos la remera y se la ponga solo. El punto inicial es nuestra observación, observar y ver cuál es el paso siguiente que nuestro hijo podría dar. Por ejemplo, ¿Hay alguna anticipación que haga nuestro hijo cuando le vamos a poner la remera?, ¿Pone los bracitos solo? ¿Está atento a la situación en general? ¿Qué pasa si le doy la remera? ¿La agarra con las dos manos, con una, la tira? En base a lo que él haga hoy, podemos pensar en el paso siguiente en este proceso particular.
De las diferentes situaciones que se presentan en nuestro día, estar observando cuál es una buena oportunidad para nuestro hijo para hacer algo solo, algo nuevo, algo diferente.
Observar que hacemos nosotros, y cuál es la experiencia en su totalidad que nuestro hijo está teniendo, cuál es nuestro rol, cuál es nuestro nivel de protagonismo y cómo podemos aumentar el de él.
Los niños tienen que aprender a descubrir las soluciones por sí mismos. Así es como aprenden y crecen.

DAR TIEMPO. Muchas veces nuestro automático tiene que ver con la falta de tiempo. Si tenés cinco minutos para salir de tu casa porque tenés un turno en el médico, entonces no le des la remera a tu hijo para que se la ponga solo. En ese caso podés decirle, “hijo, te voy a poner yo la remera porque tengo que hacerlo con mis tiempos” y al menos amplificar tu propia atención en lo que estás haciendo, vos podés hacerlo fuera del automático aunque sea en cinco minutos.
Reducir la velocidad que lleva nuestra vida, es una tarea necesaria cuando nuestro hijo tiene cualquier tipo de dificultad o diagnóstico. La velocidad de la vida de hoy, muchas veces juega en contra de lo que ellos necesitan.
Cuando hacemos una pregunta, estamos habituados a la respuesta instantánea, incluso a veces nos escuchamos tan poco, que la respuesta llega antes que termine la pregunta. Diez segundos de espera entre la pregunta y la respuesta, puede parecer una eternidad.}, pero son sólo diez segundos y a veces no se lo damos a nuestro hijo, y estos diez segundos pueden ser una diferencia enorme.
Para que la comunicación sea valiosa para ellos, es necesario que sea real, si le preguntamos algo honremos esa pregunta y esperemos la respuesta, sino hagamos una afirmación, no preguntemos si realmente no nos interesa la respuesta, la respuesta es de ellos.

VALORAR LAS HABILIDADES PRESENTES. Empezar a mirar las posibilidades, las fortalezas y las habilidades (por pequeñas que sean), en lugar de mirar las limitaciones, puede implicar un cambio sustancial en nuestro hijo y su experiencia diaria. Nuestro hijo no usa el tenedor, come con la mano. Bueno, comer con la mano es una habilidad. Es el paso anterior, necesario para usar el tenedor, es el punto de partida.
Valorar las habilidades implica ver lo que sí pueden, y esto comienza a cambiar la imagen de ellos mismos, empieza a mostrarles que pueden, que valoramos quienes son y lo que hacen.

GENERAR LAS OPORTUNIDADES. Una forma muy valiosa de generar oportunidades para el aprendizaje, es facilitarle a nuestro hijo que lleve la atención a sí mismo, a lo que hace, a lo que piensa. La atención al movimiento físico, la atención al pensamiento y emociones, generan actividad cerebral, generan aprendizaje y desarrollo.
Ayudarlos a ellos a salir del automático en lo que hacen, eleva la atención. Por ejemplo, si tu hijo ya sabe ponerse la remera, y lo hace de manera automática, hacerle un nudo en una manga, darle la remera al revés, pueden ser algunas formas de salir del automático. Jugar a ir caminando para atrás, bajar la escalera con la cola, comer con la luz apagada, variaciones a las actividades de rutina, permiten volver la atención a algo que ya teníamos aprendido y automatizado. Y esto produce actividad cerebral.
Llevar la atención al pensamiento, tiene los mismos efectos que en el movimiento físico. Hay varias formas de hacerlo, una es darle opciones a nuestro hijo, para decidir tiene que pensar y elegir, ¿querés ponerte la remera azul o la roja?, si ellos nos preguntan algo a nosotros, que nuestra respuesta sea en otra forma de pregunta, “..y vos ¿qué pensás? O ¿qué te gustaría? O .. y vos ¿qué crees?”
Es muy importante en estos momentos en que vemos que nuestro hijo tiene la atención en algo que está haciendo o en lo que está pensando, darles tiempo y NO INTERRUMPIRLOS, esto implica, no adelantarnos, dejemos nuestra ansiedad para otras actividades que no sean nuestros hijos. No motivarlos desde la palabra cuando su atención está en lo que están haciendo, muchas veces las palabras interrumpen y distraen, en momentos de alta atención de nuestro hijo, pongamos nuestra atención en no distraerlos ni interrumpirlos.

CREER EN NUESTRO HIJO. Nuestros pensamientos y creencias direccionan nuestras acciones. Si le preguntamos algo a nuestro hijo creyendo que no va a poder contestarnos, si comenzamos el proceso para que nuestro hijo se vista solo pensando que es algo muy difícil y dudando si lo podrá hacer o no, esto va a modificar todo nuestro accionar con respecto a esa situación. Nuestro tono de voz, nuestro tiempo de espera, nuestra persistencia, nuestra energía, nuestra mirada e incluso nuestra respiración, todo se ve influenciado por lo que creemos.
Creer en lo que queremos es el paso inicial para que suceda.
Creer en nuestros hijos, más allá de diagnósticos, dichos del médico, mirada del vecino, estadísticas, e incluso más allá de lo ocurrido en el pasado, es la base más sólida que podemos construir para transformar la realidad, para abrir nuevos caminos, para generar nuevas posibilidades.

Observar, valorar, dar tiempo, generar, creer.
Poner la mirada en nosotros mismos, en nuestras acciones, en nuestros pensamientos, como punto de partida. ¿Qué tipo de ayuda estamos generando? ¿Qué tipo de ayuda queremos generar?
Seamos el cambio que estamos buscando.

Sole Junquera