La plasticidad cerebral se refiere a la capacidad del cerebro para cambiarse a sí mismo durante toda la vida en respuesta a la experiencia.
La plasticidad del cerebro es un proceso físico. La materia gris en realidad puede achicarse o aumentarse, las conexiones neuronales pueden ser creadas y refinadas o (a la inversa) ser debilitadas y cortadas. Los cambios físicos en el cerebro se manifiestan como cambios en nuestras capacidades. Por ejemplo, cada vez que aprendemos un nuevo paso de baile, esto se refleja en un cambio físico en nuestro cerebro: nuevos "cables" (caminos neuronales) que le dan instrucciones a nuestro cuerpo sobre cómo realizar el paso de baile. Cada vez que nos olvidamos el nombre de alguien, esto también refleja un cambio cerebral, "cables" que estuvieron conectados a la memoria han sido debilitados, o incluso cortados. Los cambios en el cerebro pueden resultar en la mejora de habilidades (un nuevo paso de baile) o en un debilitamiento de las capacidades (un nombre olvidado).
Se considera a la niñez y la juventud como una época de crecimiento del cerebro, los niños y las personas jóvenes aprenden constantemente cosas nuevas, tienen un espíritu curioso y de exploración. Por el contrario, la edad avanzada es a menudo vista como un momento de decadencia cerebral, con la gente cada vez más olvidadiza, menos inclinados a buscar nuevas experiencias, más "establecidos en sus caminos”, más rígidos. Pero lo que la investigación reciente ha demostrado es que bajo las circunstancias adecuadas el cerebro de las personas mayores puede crecer también.

Aunque el cerebro tiende a disminuir su rendimiento a medida que la edad de las personas aumenta, hay pasos que las personas pueden tomar para aprovechar la plasticidad cerebral y revitalizar el funcionamiento del cerebro. Del mismo modo, las personas que sufren de una variedad de condiciones cognitivas y motoras, con una diversidad de diagnósticos, tienen la capacidad de volver a mapear sus cerebros para una función saludable.
La creciente comprensión y el interés en la plasticidad del cerebro está impulsando una revolución en la salud del cerebro y de la ciencia. Los científicos de instituciones de todo el mundo están empezando a mirar a las terapias con base en la plasticidad cerebral como el tratamiento de una amplia gama de problemas. Los programas basados en la plasticidad del cerebro ayudan a cambiar y los síntomas de diversos diagnósticos y permiten vidas más saludables. Músicos afectados con distonía focal pueden aprender a tocar de nuevo, sin dolor. Las personas con deterioro cognitivo en las fases iniciales de Alzheimer pueden detener la progresión de su enfermedad. Los pacientes con cáncer cuya capacidad para funcionar ha sido obstaculizada por los efectos cognitivos duraderos del tratamiento de quimioterapia pueden encontrar sus viejas naturalezas de nuevo. Víctimas de accidentes cerebrovasculares o lesión cerebral traumática pueden volver a aprender las habilidades que pensaban que se perdieron para siempre. Y así, la lista es interminable.
El cerebro tiene el poder de reparar regiones dañadas, hacer crecer nuevas neuronas, reubicar neuronas de una región que realizan determinada tarea en otra región para que asuma nuevas funciones y cambiar los circuitos del tejido neuronal en las redes que nos permiten recordar, sentir, sufrir, pensar, imaginar y soñar.

"En el curso de mis viajes conocí a un científico capaz de lograr que personas ciegas de nacimiento empezaran a recuperar la vista, a otro que devuelve a los sordos la capacidad de oír; hablé con personas que, tras haber sufrido derrames cerebrales hacía décadas y ser diagnosticados como incurables, lograron recuperase gracias a tratamientos neuroplásticos; conocí a otras curadas de sus problemas de aprendizaje y que habían logrado aumentar su cociente intelectual; vi pruebas concluyentes de que es posible para individuos de 80 años mejorar su memoria de modo que funcione igual que cuando tenían 55. Vi a personas reeducar sus cerebros con sus propios pensamientos y librarse así de traumas y obsesiones hasta entonces incurables. Hablé con premios Nobel que debatían acaloradamente sobre cómo debemos repensar nuestro modelo de cerebro ahora que sabemos que está en constante cambio."
El cerebro se cambia a sí mismo - Norman Doidge
Prefacio
Este libro trata sobre el descubrimiento revolucionario de que el cerebro humano es capaz de curarse a sí mismo, a través de las experiencias de científicos, médicos y pacientes que juntos han hecho posible estas asombrosas transformaciones. Sin operaciones ni fármacos han usado la capacidad —hasta hace poco desconocida— que posee el cerebro de cambiar. Algunos de estos individuos eran pacientes a los que se habían diagnosticado enfermedades neurológicas incurables; otros, personas sin problemas específicos que simplemente querían mejorar el funcionamiento de su cerebro o mantenerlo joven. En los últimos cuatrocientos años esta empresa habría sido inconcebible, ya que la ciencia y la medicina tradicionales estaban convencidas de que la anatomía del cerebro era inmutable. La idea extendida era que, superada la infancia, el cerebro cambiaba únicamente para iniciar un lento proceso de declive; que cuando las células neuronales dejaban de funcionar correctamente, resultaban dañadas o incluso morían, no podían reemplazarse.
Tampoco el cerebro tenía capacidad de alterar su estructura ni de encontrar una nueva manera de funcionar si una parte de este resultaba dañada. La teoría del cerebro inmutable decretaba que las personas nacidas con limitaciones mentales o con daño cerebral seguirían así de por vida. A aquellos científicos que se preguntaron alguna vez si un cerebro sano podía mejorar su rendimiento o conservarlo mediante el ejercicio mental se les decía que no perdieran el tiempo. Un nihilismo neurológico —la sensación de que cualquier tratamiento para muchos problemas mentales era ineficaz e incluso injustificado— prevaleció y se extendió en nuestra cultura, llegando a afectar a nuestra visión global de la naturaleza humana. Puesto que el cerebro era incapaz de cambiar, la naturaleza humana, que es el resultado directo de él, parecía ser también por fuerza fija e inalterable.
La creencia en que el cerebro era incapaz de cambiar se basaba en tres fuentes: el hecho de que los pacientes con daño cerebral rara vez se recuperaban por completo; nuestra incapacidad para observar la actividad microscópica del cerebro vivo, y la idea —que se remonta a los inicios de la ciencia moderna— de que el cerebro es una especie de máquina maravillosa. Y aunque las máquinas hacen muchas cosas extraordinarias, éstas no incluyen la capacidad de cambiar y crecer.
Me interesé por la idea de un cerebro cambiante a partir de mi trabajo como investigador en los campos de la psiquiatría y el psicoanálisis. Cuando los pacientes no progresaban desde el punto de vista psicológico tanto como cabía esperar, la costumbre entre la comunidad médica era asumir que sus problemas eran «estructurales» dentro de un cerebro inmutable. El empleo del término «estructural» era en sí otra metáfora del cerebro como una especie de ordenador con circuitos conectados permanentemente y diseñados cada uno de ellos para llevar a cabo una función específica e inalterable.
La primera vez que escuché que el cerebro humano podía no tener una estructura fija e inmutable decidí que tenía que investigar y sopesar los indicios personalmente. Dichas investigaciones me llevaron muy lejos de mi consulta. Emprendí una serie de viajes, y en el camino tuve ocasión de conocer a un conjunto de científicos brillantes que, trabajando en las fronteras de la neurociencia habían hecho, a finales de la década de 1960 o principios de la de 1970, una serie de descubrimientos inesperados que demostraban que el cerebro cambiaba su estructura cada vez que iniciaba una actividad, perfeccionando sus circuitos de modo que éstos se adaptaran a cada tarea. Si algunas «partes» fallaban, entonces otras podían en ocasiones tomar el relevo. La metáfora de la máquina, del cerebro como un órgano dividido en secciones especializadas, no bastaba para explicar aquellos cambios detectados por estos científicos, que entonces acuñaron el término «neuroplasticidad» para definir esta propiedad nueva y fundamental del cerebro.
Neuro por «neurona», las células nerviosas que hay en nuestro cerebro y en nuestro sistema nervioso, y plástico por «alterable, maleable, modificable». Al principio muchos de estos científicos no se atrevían a emplear el término «neuroplasticidad» en sus publicaciones, y sus colegas les acusaban de defender una noción que calificaban de fantasiosa. Sin embargo, poco a poco, y a fuerza de insistir, lograron derribar el dogma del cerebro inmutable. Demostraron que los niños pueden adquirir habilidades mentales que no tenían al nacer; que un cerebro dañado puede ser capaz de reorganizarse de modo que, cuando falla una de sus partes, otra puede reemplazarla; que si las células del cerebro mueren en ocasiones pueden ser sustituidas, y que muchos «circuitos» e incluso reflejos básicos que consideramos innatos, en realidad no lo son.
Uno de dichos científicos llegó incluso a demostrar que el pensamiento, el aprendizaje y la experiencia pueden activar y desactivar nuestros genes, transformando así nuestra anatomía cerebral y nuestro comportamiento, sin duda uno de los descubrimientos más extraordinarios de todo el siglo XX.
En el curso de mis viajes conocí a un científico capaz de lograr que personas ciegas de nacimiento empezaran a recuperar la vista, a otro que devuelve a los sordos la capacidad de oír; hablé con personas que, tras haber sufrido derrames cerebrales hacía décadas y ser diagnosticados como incurables, lograron recuperase gracias a tratamientos neuroplásticos; conocí a otras curadas de sus problemas de aprendizaje y que habían logrado aumentar su cociente intelectual; vi pruebas concluyentes de que es posible para individuos de 80 años mejorar su memoria de modo que funcione igual que cuando tenían 55. Vi a personas reeducar sus cerebros con sus propios pensamientos y librarse así de traumas y obsesiones hasta entonces incurables. Hablé con premios Nobel que debatían acaloradamente sobre cómo debemos repensar nuestro modelo de cerebro ahora que sabemos que está en constante cambio.
La idea de que el cerebro es capaz de cambiar su estructura y su función a través de la actividad y el pensamiento supone, en mi opinión, el cambio más importante en nuestra noción del cerebro desde que esbozamos su anatomía básica y el comportamiento de su componente básico, la neurona, por primera vez. Como todas las revoluciones, ésta tendrá profundas consecuencias, y es mi deseo que este libro muestre algunas de ellas. La revolución de la neuroplasticidad tiene implicaciones, entre otras cosas, en nuestra concepción de cómo el amor, el sexo, el duelo, las relaciones humanas, el aprendizaje, la cultura, la tecnología y la psicoterapia alteran nuestro cerebro. Las humanidades, las ciencias sociales y físicas, en la medida en que se ocupan de la naturaleza humana también se verán afectadas, al igual que las distintas formas de aprendizaje.
Todas estas disciplinas habrán de asumir el hecho de que el cerebro puede cambiarse a sí mismo y de que la arquitectura cerebral difiere de una persona a otra y que además cambia conforme transcurren nuestras vidas. Pero aunque todo indica que el cerebro humano ha sido subestimado, la neuroplasticidad no trae sólo buenas noticias, ya que convierte nuestras mentes en algo con mayores recursos, pero también más vulnerable a las influencias externas. Tiene el poder de producir comportamientos más flexibles, pero también más rígidos, un fenómeno que yo llamo «la paradoja plástica». Irónicamente, algunos de nuestros hábitos y desórdenes más enraizados son productos de la plasticidad de nuestro cerebro. Una vez que tiene lugar, un cambio plástico particular puede evitar que otros ocurran.
Sólo entendiendo los efectos tanto positivos como negativos de la plasticidad podremos comprender de verdad el alcance de sus posibilidades en el ser humano. Y porque una palabra nueva siempre es necesaria para designar a aquellos que hacen algo nuevo, he bautizado los que practican esta nueva ciencia de cambiar cerebros con el nombre de «neuroplásticos».
Lo que viene a continuación es el relato de mis encuentros con ellos y con los pacientes cuyos cerebros ayudaron a transformar.
Referencias:
- Dr. Michael Merzenich – Neurocientífico. Michael Merzenich, PhD - Profesor emérito de la Universidad de California, ha sido pionero en la investigación sobre la plasticidad cerebral durante más de 30 años
- Kolb, B., Mohamed, A., & Gibb, R., La búsqueda de los factores que subyacen a la plasticidad cerebral en los cerebro
- Norman Doidge, El cerebro se cambia a sí mismo