La mirada de una madre

Durante mucho tiempo, especialmente entre los 4 y los 8 años, mi hijo Joaqui tuvo de manera muy intensa auto-agresiones y agresiones a otros.
Esa ha sido una de las situaciones más difíciles que he transitado en toda mi vida.
Buscamos muchas herramientas, investigamos, estudiamos, escuchamos, probamos, sostuvimos, descartamos, odiamos y amamos en ese camino. Pero sin lugar a duda, lo que hizo toda la diferencia, lo que marcó un punto de quiebre en estas situaciones, fue nuestro propio cambio.
Sólo una familia que ha vivido estas situaciones de agresión con sus hijos, puede comprender algo de la angustia y desesperación que se siente, ya sea cuando tu hijo te pega y se muestra como si quisiera lastimarte, o cuando se pega a sí mismo. En mi caso, ambas situaciones generaban un estado de confusión absoluta, repleto de preguntas sin respuestas.
Situaciones violentas, donde Joaqui podía pegar, morder, tirar del pelo, pellizcar, patear, cabecear, etc. con una fuerza no acorde a su edad y tamaño. Podía hacerlo con nosotros, con algún terapeuta, familiar o incluso con su hermano que en ese momento era muy chiquito. En otros casos, se golpeaba la cabeza contra la pared, contra el piso, o con sus manos. También solía pegar el dorso de su mano en la ventanilla del auto. Yo siempre me sentí con una confusión completa, intentando comprender por qué, pensando qué le pasaba a nuestro hijo.

Muchos años con estas situaciones, donde las mismas eran cada vez más intensas porque Joaqui era cada vez más grande, y nosotros estábamos cada vez más perdidos, y nada de lo que hacíamos funcionaba.
De la mano del programa son-rise llegaron los primeros aires de cambio, las primeras opciones para ver lo que pasaba de maneras diferentes, luego con ABM pudimos encontrar mayor profundidad y claridad.
Cada niño y cada familia que transita por estas situaciones es completamente única y diferente, es un camino que deberán recorrer, que nadie puede recorrer por ustedes, pero es importante que sepan que es posible cambiar el curso.
Y en este cambio de curso, el primer paso es poder comenzar a cambiar la mirada sobre lo que sucede.
Ningún niño es agresivo o violento. El uso de la descripción "conductas agresivas" tan utilizado en círculos terapéuticos y trasladado luego a los hogares, tiene una connotación errónea de lo que sucede con los niños, es confuso y nos posiciona como padres en un lugar de desconcierto y desolación.
Ningún niño tiene como objetivo lastimar a otros, o lastimarse a sí mismo. Tanto para mi propio hijo, como para todos los niños con autismo, tgd, y otros diagnósticos que he conocido en todos estos años, la acción de golpear, morder, pegar a otros o a sí mismo, son acciones compulsivas que no están al nivel de decisiones conscientes, es decir no son decisiones intencionales, son mecanismos automáticos que encontró el sistema como defensa, comunicación, control o regulación.
No hay conductas agresivas porque no hay intención de agresión, es una acción compulsiva de un sistema desbordado, al que debemos ayudar.
Cuando esto es lo que sucede con nuestros hijos, es fundamental que los padres actuemos intencionalmente, porque son situaciones tan intensas y muchas veces tan extremas, que nuestros propias reacciones básicas e instintivas solo agravan las respuestas de nuestros hijos. Cuanto más rápido podamos hacer el cambio nosotros, más fácil será para ellos dejar esto atrás.
Cambiar la mirada: Ni víctimas, ni victimarios.
Joaquín no era el malo de la película, y yo no era la víctima de la historia. El primer gran paso fue modificar estos roles que implícitamente estaban adjudicados. Pobre de mí que mi hijo me pegaba, pobre de mí que mi hijo le pegaba a otros, pobre de mí que tenía que ver como mi hijo se pegaba a sí mismo, que terrible la vida que nos estaba haciendo esto. 
Sufrir no resuelve nada. Y embarra bastante la situación. Nos paraliza, nos desconecta de la realidad, queremos gritar, llorar, huir, y lo más importante nos desconecta de nuestro hijo. Podemos dejar de pensar en nosotros y lo mal que nos sentimos y empezar a construir en nosotros la calma, tranquilidad y claridad que deseamos para ellos. Podemos dar un paso más elevado en toda la historia y decidir quién queremos ser en estas situaciones, podemos mantener el tono de voz bajo cuanto ellos más griten, podemos elegir nuestras palabras al momento de comunicarnos, podemos elegir nuestros pensamientos y emociones, podemos regular nuestra energía y ser el puerto calmo en la noche de tormenta.  
Con este nuevo rol, en busca de estar al frente de la situación, entendiendo que lo que nuestro hijo hace es un mecanismo compulsivo no intencional, con la clara idea de encontrar formas de facilitar el cambio para nuestro hijo, tenemos que observar por qué se disparan estas acciones compulsivas. Tenemos que observar, atentos.

ESTADO INTERNO: Joaqui solía pegar o pegarse cuando algo le dolía. Este no era el único disparador, pero era uno de los disparadores. A veces el oído, o la cabeza, a veces no sabíamos exactamente qué, pero era claro que algo le dolía o le sucedía internamente. Cuando un niño tiene tgd o autismo y lo mismo sucede con otros diagnósticos, no se sabe exactamente que procesos internos pueden estar alterados, pero es evidente que ciertas funciones fisiológicas están alteradas, por eso hay niños que no duermen, o gritan sin motivo aparente, o pasan del llanto a la risa, o de la risa al llanto, de la angustia a la euforia descontrolada. Me encantaría tener una receta para estos casos, pero no la tengo. Cada familia hace su recorrido, algunos niños han tenido buenos resultados con el aceite de cannabis, otros empeoran los síntomas, flores de bach, homeopatía, reiki, y la lista continua. Independientemente de qué decidan hacer en estos casos, es muy importante cómo lo hacen. Mantener la calma, no dirigirnos nosotros a un lugar de intensidad emocional o explícita que sólo trae más desorden, estrés y desorganización. Construir en nosotros mismos la emoción o sensación que deseamos para nuestro hijo en ese momento, es acercarnos más a que él tenga esa experiencia.

NIVEL DE ACTIVIDADES: parte de lo que hacemos como padres en el proceso de ayudar a nuestro hijo a superar cualquier limitación que tenga como consecuencia de un diagnóstico, es realizar tratamientos, terapias, consultas médicas, análisis, estudios, evaluaciones, etc. Mi experiencia los primeros años luego del diagnóstico de Joaqui, fue que entramos en una carrera enloquecida por ayudarlo, porque los primeros años son cruciales, porque si lo tratamos a tiempo todo puede mejorar, porque si hacemos todo es más probable que algo funcione. Y todo fue claramente en picada. Hoy veo situaciones muy similares en muchos de los niños y familias que se acercan a CeRebra. Sin embargo, mi mirada cambió profundamente, hoy creo que esta sobrecarga de actividades puede ser contraproducente. Y muchas veces estas acciones compulsivas de los niños de pegar, morder, golpearse, etc, son un mecanismo de defensa de un sistema que está agotado y sobreexigido, junto a unos padres que también están agotados y sobreexigidos. Es necesario frenar, respirar, ir más despacio, conectar con nuestros hijos, jugar, reírnos, compartir actividades que nos hagan bien. Hoy existen muchas opciones de tratamiento, que posibilitan cambios maravillosos en los niños a partir de experiencias placenteras, conectadas, constructivas, que respetan los tiempos y necesidades de los niños, que incluyen a las familias y el necesario bienestar de la familia en su conjunto para que las verdaderas transformaciones sucedan.

NIVEL DE MANIPULACIÓN: A veces un golpe o morder es una forma de decir que no, o decir basta. La vida pasa demasiado rápido para ellos, los llevamos de un lugar para el otro, les ponemos el buzo, les sacamos el buzo, les damos de comer, les limpiamos la nariz, los peinamos, les lavamos los dientes, la cara, las manos, y a veces ellos no quieren, no quieren ninguna de estas cosas, no lo pueden expresar, y las cosas les pasan. Hay niños que tienen un nivel de manipulación física muy alto. Este era el caso de Joaqui, con seis años de edad lo vestíamos, lo peinábamos, le sacábamos las cosas de la mano, le dábamos de comer, le cambiábamos los pañales, le limpiábamos la nariz, lo subíamos al auto, su día estaba repleto de rutinas que le sucedían, y que además nosotros hacíamos de manera completamente automática, porque nosotros también estábamos cansados. Bueno, cuando queremos realmente hacer un cambio significativo en la vida de nuestro hijo y por ende en la nuestra, no hay tiempo para estar cansado. Hay que estar ATENTO. Hay que cambiar. Golpearse la cabeza fuertemente contra la pared, era un BASTA. Y este basta hay que escucharlo. Podemos hacer las cosas más despacio, buscar la participación de nuestro hijo por pequeña que sea, buscar que ellos estén involucrados en el proceso de la manera que sea. Parte importante de nuestro cambio es ir más lento, mucho más lento, es necesario bajar el ritmo, la velocidad de la vida de los niños.
Observar, aumentar nuestra atención y explicarles mucho más. Incluirlos, responder a las señales de “no”, a sus gestos, a sus expresiones, al lenguaje corporal. Salir de nuestro automático. Regalarles nuestro tiempo, movernos más despacio, ser muy flexibles, priorizar siempre lo que nos expresan. CONECTAR con ellos.

Estos son simplemente algunos ejemplos de las muchas cosas que pueden suceder con un niño cuando está en situaciones de golpear o golperase.
No tengo dudas que los mejores investigadores y observadores de cada niño son sus padres.
Seguramente si estás en esta situación, tendrás tus ideas o intuiciones sobre qué pasa, y sino podes comenzar a observar, a mirar con nuevos ojos, entendiendo que hay algo muy intenso que está pasando.

Ningún padre elige vivir estas situaciones, pero cuando nos suceden tenemos la posibilidad de decidir cómo vivirlas, quién queremos ser en esos momentos, y sin dudas ser parte del cambio que buscamos.

Sole Junquera