Estamos habituados a “educar” a nuestros hijos, a decirles que tienen que hacer y que no, lo que está bien y lo que está mal, a darles todo lo que necesitan en un mundo con una amplia oferta de cosas, ropa con nuevos diseños, juguetes sofisticados, colegios con más de un idioma o con diferentes pedagogías, alimentación sana, saludable, macrobiótica, integral, viva, elegir a qué plaza los llevamos, dónde les cortamos el pelo, el pediatra y algunas veces también debemos elegir profesionales y abordajes terapéuticos. Elegimos cuidadosamente muchas de las cosas en su entorno en busca de aquello que consideramos mejor para ellos y muchas veces en ese torrente de decisiones nos perdemos de vista a nosotros mismos, perdemos de vista nuestras acciones y vamos reaccionando a velocidades cada vez mayores, perdemos de vista nuestras emociones, nuestros enojos, quejas, y estrés. Incluso muchas veces ni siquiera escuchamos nuestras propias palabras y sus implicancias.
Y nosotros somos el modelo, la base, la intensidad, la experiencia directa desde la que ellos aprenden y se desarrollan.
Cualquier cualidad, emoción, acción que queramos que nuestro hijo aprenda, debemos buscarla en nosotros mismos.
Gratitud, respeto, amabilidad, disfrute, escucha, atención, seguridad, felicidad, no pueden aprenderse cuando la experiencia directa de los niños en su mayor proporción es de queja, enojo, estrés, desconexión, miedo, grito, corridas, imposiciones.
Como padres que deseamos una vida plena para nuestros hijos, tenemos la oportunidad de bajar un poco la velocidad, de observarnos, de disminuir nuestras reacciones y actuar más intencionalmente, de salir del modo automático y entrar al modo consciente, de hacer crecer nuestra gratitud, nuestra amabilidad, nuestro disfrute de cada cosa, nuestra escucha, nuestra atención, nuestra confianza y felicidad. Ser la experiencia directa de aquello que tanto deseamos para ellos.
El aprendizaje en todas sus formas se produce en base a lo que experimentamos, en base a la experiencia en la que estamos inmersos.
Los padres somos una de las partes más relevantes en la experiencia de nuestros hijos y con mayor intensidad en la infancia.
Queremos que nuestros hijos digan gracias, entonces seamos agradecidos.
Queremos que nuestros hijos sean amables, entonces seamos amables entre nosotros.
Queremos que nuestros hijos sean seguros, entonces debemos sentir y transmitir seguridad y confianza en lugar de miedo.
Queremos que nuestros hijos sean felices, entonces deben vivir la experiencia de la felicidad, deben observarla, escucharla, compartirla, percibirla, sentirla, con padres felices.
La crianza no se trata de nuestros hijos, la crianza se trata sobre nosotros, los padres
